20/7/11

Simple Life VIII




  • Me hago café cada mañana, para sólo echarle unas gotas a la leche. Cojo la taza con las dos manos para calentármelas... siempre me despierto con un poco de frío, aunque sea verano.
  • Me siento frente al ordenador de sobremesa que hay en el escritorio de madera blanca y brillante del salón. Lo enciendo con la vista perdida; hasta que no tome el café, no fijo la mirada. Ni puedo, ni quiero.
  • Pienso en ti y en lo lejos que estás. Y en que no sabes que estoy pensando en ti. Y en si hay unas manos ahora mismo acariciando tu espalda, tu barba, una cara bonita y feliz haciéndote sonreír con muecas, alguien despertándote únicamente para ser lo primero que veas. Pienso al instante en mí misma haciendo todas esas cosas mientras el ordenador piensa en las suyas y se inicia.
  • Viene a darme los buenos días Hámster, el hurón que me regalaron cuando conseguí vender mi primer cuento. Me dejo querer, sonrío y bostezo. Y dejo que haga el travieso sobre mis hombros, mi regazo y al final mis pies, mientras me desperezo.
  • Empiezo a escribir despacio sobre el teclado, el café me ayuda a leer lo que estoy escribiendo. Es sobre ti, otra vez. Borro la línea solitaria que ha salido de mi subconsciente y susurro para mí que ya está bien. 
  • Hay días que consigo enlazar mis pensamientos con los del día anterior y puedo avanzar con el nuevo cuento. Otros días empiezo mal y ya no consigo escribir dos palabras con sentido que no tengan que ver con las veces que te he visto por la calle sin decirte nada. Todas en Madrid. 
  • Salgo a ver el mar algún mediodía. Me descalzo aunque sea invierno, ando enterrando los pies, despacio. Hámster no se separa de mí. Me hace reír su mirada, interrogándome. Aún se asusta más cuando me ve andar por la orilla, y al no entender cómo las olas pueden lamer la arena y hacer desparecer mis pies, mis pantorrilas, casi mis rodillas... 
  • Mis amigos frecuentan un restaurante persa en un paseo cercano a mi casa. Nos gusta ir allí más por el vino que por el arroz dulce. Es el vino el que nos sonroja las mejillas y el que nos hace verbalizar pensamientos incómodos, el que expulsa de nosotros nuestras frustraciones para repartirlas entre todos. 
  • Siempre disfruto el camino de vuelta a casa, sintiéndome más liviana por no cargar con todo el peso que pensar en ti pone en mis hombros. Se me hace más llevadero cargar con avatares ajenos, que no duelen tanto.
  • Navid, un camarero iraní del restaurante, duerme a veces en mi cama. Tiene una expresión alegre, me hace no pensar en ti. Todo el tiempo que paso a su lado es tiempo que vivo de nuevo... excepto cuando se queda dormido y lo miro respirar pausadamente sobre mi almohada. Ojalá algún día me durmiera yo antes, para no tener que oír tu voz diciendo; "él no es yo... y lo sabes". 
  • A pesar de ti y de las manos que imagino recorriendo tu espalda, tu barba... consigo acabar más cuentos y consigo venderlos. Y con eso, a su vez, logro que el techo bajo el que duermo sea mío... y ¡que Hámster nunca pase hambre! 
  • Algún día, quizás, me guste la idea de que Navid no seas tú. Y eso me ayude, quizás, a olvidar todas las veces que te vi andar por Madrid sin decirte nada.