20/9/12

El qué dirán

Hacerse mayor y/o madurar implica echar de menos cada vez con más fuerza las ventajas de ser pequeño. Muchas veces me sorprendo pensando en cómo afrontaría una u otra situación de mi vida adulta si pudiera comportarme como lo haría mi yo de cinco años.

De pequeño podías jurarle la guerra a tu peor enemigo y a los cinco minutos cambiarte a su bando sólo porque te había sonreido; sin visión de futuro y sin preocupaciones por cuál sería vuestra relación al día siguiente y sin miedo al qué dirán por posicionarte en uno u otro bando.


A veces quisiera poder entrar en la oficina por las mañanas protestando y, según qué día premenstrual, hasta llorando porque no quiero estar allí, porque ese día me siento vulnerable o con la sensación de que un meteorito aproximándose a la Tierra no es algo horrible. O simplemente porque tengo sueño y frío.
O poder entrar cantando canciones de Camela cuando el día se presente horrible sin que la gente me denuncie. (Cantar Camela te recuerda siempre que hay gente muy chunga que ha triunfado en la vida y que ¿por qué tú no, joder?).

Eso sí sería liberador y no lo que he de hacer de adulta; entrar cada día del mismo modo: abrir la puerta, decir buenos días, andar hasta mi sitio, sentarme y encender el ordenador. Todos los días igual, todos los trabajadores igual, en todos los trabajos igual... como si mis sentimientos hoy fueran los mismos que ayer, como si yo fuera la misma persona que el compañero que acaba de entrar antes que yo y acaba de hacer el mismo ritual, como si su vida se pareciera lo más mínimo a la mía. Cualquier cosa que se saliera de este comportamiento haría levantar las cabezas y murmurar a toda la planta. Y eso, yo creo, es triste.

Quisiera sentarme en mi mesa y, cuando mi jefe me saque de quicio, poder decirle muy alegremente que no me cae bien, que lo tengo que aguantar porque para eso me pagan, pero que vaya coñazo. Sin que me echen, sin que él sufra, sin que yo me sienta culpable por haber sido sincera.

Ahora lo que hago es asentir cuando habla y poner los ojos en blanco en cuanto se da la vuelta.


Quisiera ir a comprar al súper y poder tirarle de la manga a la típica abuela que se cuela en caja haciéndose la tonta y preguntarle que qué es lo que ha perdido, si la visión periférica o la vergüenza. Y sería bonito que sus sentimientos no resultaran heridos más de los cinco minutos que nos duraban cuando éramos niños.

Lo que hago ahora es morderme la lengua y hacer como que no me he dado cuenta.

Sería perfecto poder subir a casa de tu vecina y preguntarle a gritos si sus hijos se están entrenando para ser kale borrokas o si es que sólo tienen la habilidad de dar por culo a la puta perfección. Y que ella al día siguiente te sonría en el descansillo como si nada hubiera pasado.

Sin embargo hoy lo que hago es ponerme tapones para dormir la siesta mientras me llevan los demonios y sueño con infanticidios.

De pequeña, yo ya hubiera llamado al portero automático del chico que me gusta, le hubiera hecho bajar y le hubiera dicho en el mismo portal: Sé que tienes novia pero me da igual, te quiero y quiero que la cambies por mí, ¿tú qué opinas?, ¿me quieres?, ¿quieres ser mi novio?

Sin embargo ahora, en vez de presentarme en su portal, lo que hago es evitarlo e intentar no complicarle la vida, y así hasta que lo olvide y se me cure el corazón roto.


¿De qué sirve tanto esfuerzo en protocolo y tanta convención social, tanto miedo al qué dirán, si mi jefe sabe de todas formas que no lo aguanto, si tendré que aguantar a los niños de mi vecina hasta que crezcan, y si lo que siento por ese chico sigue aquí?


Siempre decimos que los niños son muy crueles, pero las cosas que he visto en los adultos jamás las vi en los niños.

Los niños son crueles porque la crueldad es inherente al ser humano, pero los adultos somos igual de crueles e incluso con la conciencia de estar siéndolo y, lo que es peor, a escondidas; por el qué dirán.