27/8/12

Instrucciones para educar un niño feliz

Para asegurarte la felicidad de tu hijo en este, nuestro país, olvídate de lo que hasta ahora te habían enseñado a ti porque, como bien sabes ahora, era todo mentira.
Si quieres que tu hijo crezca y sea feliz, no le pidas que estudie, que sea honrado, que siempre diga la verdad, amén de todos esos valores de mierda que a nada bueno llevan.
Si quieres que tu hijo no te reproche nada una vez crezca, dile ahora la verdad y anímalo a que actúe en consecuencia con las actitudes que luego se premiarán:

Cuéntale que invertir dinero y años de su juventud en unos estudios, sean los que sean, no le llevará al éxito, ni a una vida cómoda, ni siquiera a un trabajo digno.
Explícale que cuanto menos lea, cuanto menos se informe, más feliz consigo mismo y con los demás será. Que la ignorancia, efectivamente, da la felicidad. Que una venda bien puesta a tiempo puede salvarle de una infelicidad aplastante. Que la gente miente por defecto en cada aspecto de su vida y que esto no está tan mal, anímale a que él lo haga también.

Señálale a nuestros dirigentes y dile cuánto de sinceridad y dignidad hay en sus actos, en sus políticas, en sus ejemplos. Señálale a los grandes empresarios, a los que todo el mundo tiende la alfombra roja porque han conseguido levantar imperios a costa del trabajo de los habitantes de países tercermundistas ajenos a los derechos humanos.

Luego, para que no crea que esa gente sólo está detrás del televisor, señálale al tendero de tu barrio, que estafa a Hacienda cada año. A tu mujer, que paga en negro las reparaciones domésticas. Señálate a ti también cuando sises todo su material escolar de tu oficina. Y señálale a tu cuñado, que gracias a trabajar en un hospital suministra los botiquines de toda la familia.

Dile que esto ha sido así siempre, que así es como somos los españoles y que la picaresca no nació aquí por casualidad. Que sienta orgullo, que le haga gracia. Dile que la corrupción y la crueldad son cualidades inherentes a su naturaleza, que no luche contra ellas, que es un esfuerzo absurdo porque si él consiguiera salir de esta cadena sufriría el abuso del resto, que permanecerá en ella toda la vida y la hará funcionar tantos años viva. Que no sea tonto, que si él no se preocupa por salvar su culo nadie lo hará.

Y, sobre todo, asegúrate de que no tenga aspiraciones, de que sea un épsilon toda la vida y sepa disfrutar de ello, que no haga preguntas... aségurate de que sepa que cuanto más conformista sea, más cerca estará de la felicidad plena. 


Porque al fin y al cabo es de lo que trata esto, de ser feliz.



26/8/12

Chico y yo


Durante mis primeros años de EGB tuve un mejor amigo del que no puedo recordar el nombre, porque todos le llamábamos Chico.

Chico no tenía pelo. Ni uno. Nadie sabía por qué, creo que ni siquiera él. A los seis o siete años las cosas son como son sin que te plantees nunca un porqué. Nadie en clase preguntó nunca por la calvicie de Chico; todos sabíamos que para él hubiera supuesto un agravio. Era una especie de acuerdo tácito e instintivo, todos guardábamos silencio a este respecto pero todos éramos conscientes de que él se sentía diferente.

Chico siempre llevaba una gorra con visera desgastada ya por el sol y el uso. Nadie nunca le había visto sin ella.

Una mañana Chico y yo estábamos jugando en el recreo con plastilina que habíamos sacado a escondidas de la clase; queríamos hacerles un castillo pequeño a las hormigas del patio. Chico y yo podríamos haber acabado con las existencias de plastilina del colegio durante esos años si hubiéramos querido. Utilizábamos plastilina para todo. Una vez nos llevamos una buena bronca porque Chico se cayó y se raspó las rodillas, y en vez de avisar a la maestra para que le desinfectara las heridas, le dije que eso se lo arreglaba yo con tiritas hechas de plastilina. A mí me riñeron por lista y a él le riñeron por tonto.

Ese día del castillo se nos acercó el grupo de niños terror de la clase, encabezado por Omar, el repetidor. Ser repetidor era la panacea, todo el mundo te respetaba, te sabías ya todas las clases y eras más alto y grande que el resto. Al menos Omar era así. Lo recuerdo enorme y terrorífico. Nadie se enfrentaba a él.

El grupo de terror empezó a meterse con Chico, a preguntarle por su pelo. Por su no pelo. Por su gorra. Omar miraba divertido la escena. Yo no podía odiarle más.
Chico no levantaba la vista de la plastilina, no se movía. Creo que sólo deseaba con mucha fuerza que se fueran de allí, que se aburrieran de reírse. Pero antes de que ninguno dijera nada más, Omar le quitó la gorra a Chico y salió corriendo, seguido por su séquito.

Chico me miró con los ojos muy abiertos y yo a él. Nos quedamos unos segundos mirándonos con mucho susto. Nunca le había visto sin gorra, su cabeza era completamente calva y muy blanca, como él. Sabía que, para él, era una vergüenza terrible que yo le viera así. A sus ojos mirándome muy abiertos yo reaccioné tapándome los ojos con las manos y quedándome muy quieta. Quería que él creyera que yo no había visto nada y quitarle así el susto, la pena y la vergüenza. Me quedé así, con los ojos tapados hasta que oí que se levantaba y echaba a correr.

Yo me había tapado los ojos para que él no sufriera, pero él debió entender que la visión de su calva me pareció algo terriblemente desagradable porque no volvió a hablarme ni a jugar conmigo durante el resto del curso. En la clase me evitaba, pero sabía que no estaba enfadado porque su cara era sólo la descripción del reproche… seguro que sin pretenderlo, pero sin dejar lugar a dudas.

Al acabar ese curso, mi familia se mudó y empecé tercero de EGB en otro colegio. No volví a ver a Chico.

A veces me acuerdo de él y de cómo no supe resolver el malentendido, no pude ni supe explicarme y guardé silencio. No supe hacerle entender qué era lo que pretendía ni qué sentí. A veces pienso que todo fue debido a que era muy pequeña. Otras no, otras pienso que nunca dejas de no saber resolver situaciones da igual cuántos años tengas; prefieres construir un puente por el que escapar antes que parar, girarte y enfrentarte a lo que te hace huir. Todos lo hacemos alguna vez, pero no deja de ser un error.

Y creo que Chico opinaría como yo.