26/6/12

Candela estaba loca




Candela.




Candela estaba loca. Se fue volviendo loca poco a poco. Influyeron muchos factores, pero sobre todo dos: sus genes y Miguel. Candela quería a Miguel con tal vehemencia que, a veces, le dolía el cuerpo, se le cansaba la mente, la invadía el sueño. Desde que recordaba, desde que era una niña, Miguel hacía que sus genes aceleraran el proceso de enloquecimiento. Había habido más chicos, y luego más hombres... pero nunca dudó de que ninguno podría jamás empujarla al desquicie. De eso tenía el monopolio sólo él.


Por eso, el día que Miguel le juró que la quería, supo que aquello no duraría mucho más. Lo sabía con certeza, la misma que tenemos todos sobre el fin de toda vida, ella la tenía sobre el fin de su historia juntos. Y en vez de besarle, en vez de abrazarle, lloró y lloró, hasta que se quedó dormida en sus brazos. Miguel la dejó hacer, tampoco él estaba ya muy cuerdo.



Fue justo dos años y dos semanas después de aquel día, en el aeropuerto, cuando la certeza de Candela se hizo absoluta. 



Faltaba sólo una hora para que saliera su vuelo de vuelta a casa. Llevaba sólo una maleta pequeña, suficiente para los dos días que había durado la visita a una amiga en el hospital. Nada grave, pero quiso estar, abrazarla y contarle historias sin importancia.

Y allí, de pie frente al panel de llegadas y salidas, recibió la llamada. Una llamada  corta pero contundente, justo antes de embarcar. Miguel la había dejado, justo en ese instante.

Candela no dijo nada más, no pidió más explicaciones a su interlocutor. Cerró el móvil y lo metió en su bolso.  



"Dos años y dos semanas", dijo haciendo cálculos.

Quiso correr. Correr mucho, correr de sí misma y de lo que se le avecinaba sin él. Sin embargo, sus piernas anduvieron despaciosas, como si nada de todo aquello fuera con ellas. Y su mano arrastró la maleta sin convicción, como si perderla no fuera ningún problema. Como si nada de lo que allí llevara pudiera volver a servirle nunca más.


Montó en el avión con la mirada perdida, susurró un "hola" inaudible a la azafata que le sonreía y buscó confusa el asiento 12A. Se sentó y se abrochó el cinturón. Miró al frente y esperó. 



Fue en el rodaje del avión, durante la demostración de chalecos salvavidas que le mostraban los tripulantes a lo largo del pasillo, cuando rompió a llorar en silencio. El asiento contiguo estaba vacío y al otro lado sólo la ventanilla sobre el ala. Miró a través del metacrilato sin ver nada.





Noelia.


El embarque más largo de la historia, ¿por qué llegaban los pasajeros con cuentagotas? Noelia se impacientaba. Era el segundo embarque del día y aún le quedaba otro más. Cientos de caras cada día, cientos de "buenos días" y "adiós". Necesitaba unas vacaciones como el respirar.


Apareció por el finger una mujer alta y elegante. Avanzaba lentamente arrastrando su equipaje de mano. Le sonrió al cruzar la puerta y ella susurró un saludo. La miró avanzar por el pasillo, colocar su maleta torpemente en el compartimento superior y sentarse en el 12A.

Entraron más pasajeros, a los que Noelia saludó sonriente. Pero algo la hacía volver la mirada hacia la mujer de la maleta. No sabía una muy bien si ella tiraba de la maleta o si la maleta la empujaba a ella. Si hubiera habido un terremoto de nueve en la escala Ritcher, esa mujer no se hubiera dado ni cuenta. A Noelia no la podía intrigar más.


Comenzó el rodaje y la azafata señaló las salidas de emergencia al compás de la megafonía. Mostró cómo abrochar y desabrochar cinturones. Cuando se colocó el chaleco salvavidas echó una rápida mirada a la mujer y la vio llorar. Un llanto silencioso, calmado... pero a todas luces inconsolable.


- ¿Quiere tomar algo?- le dijo Noelia, un rato después del despegue.


Ella meneó tímidamente la cabeza. Desvió la vista para que Noelia no se diera cuenta de su pena. Como si no la hubiera visto ya llorar, sonarse los mocos, secarse los ojos y volver de nuevo al llanto.


Tuvo que refrenar las ganas de sentarse junto a ella y decirle que fuera lo que fuera, todo se solucionaría. En vez de eso, le tendió un pañuelo de papel.





- Tenga, por favor.

La pasajera la miró sorprendida. Sin dejar de llorar, cogió el pañuelo.


- Gracias. Lo siento.- Dijo Candela secándose una mejilla.


- No hay nada que sentir... todo el mundo llora de vez en cuando.


Y sonrió.



- Sí, claro.- Dijo Candela, y le quitó importancia al hecho de estar rota con un gesto de la mano.




Pocos minutos después, el vuelo Madrid-Barcelona terminaba. Los pasajeros, como siempre, se atropellaban en el pasillo con ansia, como si el mundo se fuera a acabar y no quisieran que los pillara allí, en un Boeing 737 de más de veinte años, lleno de gente desconocida y hostil. 



La azafata buscó con la mirada a la mujer y vio cómo un señor le bajaba la maleta. Sin embargo, ella volvió a sentarse y hasta que no hubo salido todo el mundo no se levantó del asiento. La vio avanzar por el pasillo con calma, parecían pesarle los hombros, y Noelia dudó por un instante si ayudarla con el equipaje.

Candela le sonrió a duras penas, más aferrada al pañuelo que a su propia maleta. 


-Señora- se atrevió Noelia al despedirla en la puerta del avión- ¿está mejor?, a lo mejor la puedo ayudar...


-Pues... -Candela dudó su respuesta- Alguien a quien quería ha muerto hoy... 
no, no puede usted ayudarme, pero yo se lo agradezco igual. -Y le sonrió con los ojillos.


Noelia no dijo nada. Miró a la anciana alejarse lentamente por el túnel arrastrando con una mano su equipaje de mano. Y dudó, aun entonces, de quién era la que arrastraba a quién.



17/6/12

"Asumo ser el referente de una operación política que intente cambiar el país".






"El que quiera que me siga".

Ya te digo si te sigo...