12/3/12

El arte de morirse bien


Tengo, desde pequeña, una capacidad asombrosa para hacer la pardilla. He hecho el ridículo muchas veces y a lo grande, y como la ignorancia es muy atrevida y yo ignorante soy un rato, he hecho ridículos innecesarios y muy sonados. Cuando me pongo a recordar grandes espectáculos de ayer y hoy, tengo que pensar en que me voy a morir tarde o temprano y todos esos recuerdos vejatorios acabarán para siempre.  



Este pardillismo me hace tener mucho miedo de morir ganando un premio Darwin. Y no es broma, tengo pánico a morir de forma ridícula y que todos se rían de mí incluso en mi entierro. 

El otro día estuve a punto de morir, por ejemplo. Y hubiera sido premiazo.

Como me tortura el michelín que me ha salido, decidí que tenía que salir a correr, porque es muy duro tener un cerebro de tía buena dentro de un cuerpo de gordi, eso no sabe nadie lo que es, te tiene que pasar. Es como la antianorexia, tú te ves tremenda pero la gente te dice que no estás para tanto, y te choca, claro. Y sufres.

Salí a correr por el carril bici de mi barrio, escuchando a Nach. Imagínate, subidón.

Tú, que piensas que España
perdió su esplendor.
Tú, que escupes odio
y sólo escondes temor.
Tú y tu intolerancia,
tu sucia arrogancia,
esa intransigencia
que lanzas hacia
tu alrededor.”

Me crecí, me crecí. Me crecí tanto, corrí tanto... que me perdí, vamos. Cuando me di cuenta ya no estaba en el carril bici, ni en mi barrio. Como me creo que lo sé todo, creí que sabía más o menos dónde estaba, y aunque estaba poniéndose el sol, me dije que me daba tiempo a llegar a casa. Tuve la genial idea de confiar en mi sentido de la orientación, como si yo tuviera, y dije: “sin lugar a dudas, mi casa está después de esa especie de bosque oscuro como su puta madre que nunca he visto antes”. Como las rubias de las pelis de miedo que se levantan a investigar porque han escuchado un ruido de motosierra sospechosa y mueren nada más empezar de la peli, pues igual.

Lo que quedó patente ese día, aparte de mi idiotez, es que anochece rapídisimo. Me encontré sudada, perdida, cansada y sedienta en mitad de la nada y a oscuras. Me quité los cascos, quería oír al asesino acercarse para tener tiempo a luchar por mi vida. Porque estaba segura de que en ese bosque había un asesino esperándome. Así, sin más. Ahí había un señor pasando frío esperándome a mí, con un cuchillo. Nada podría haberme convencido de lo contrario.

Pero eso no me torturaba tanto como el hecho de pensar que, según el Pirulí (al que tomo de referencia para todo y siempre me va como el culo porque el hijo de puta es circular y lo mires por donde lo mires es igual) mi casa estaba a un tiro de piedra. Eso me torturaba más que el asesino, porque me trajo de nuevo mi temor al premio Darwin: “Joven muere de sed a 45 segundos de su casa después de correr en círculos durante dieciséis horas”. Recé para que me mataran, para que no fuera una muerte ridícula. Y quería una muerte horrible, que la gente pensara luego: “oyoyoy, pobrecita”. O también podrían secuestrarme, esta idea no me desagradaba en comparación a la muerte horrible, pero me dije: “pero, por favor, si va a ser un secuestro que no dure más de nueve días, que con esta reforma de mierda que ha hecho el PP si falto más al curro me pueden echar”. Todo eso pensé.

Después de diez respingos, tres infartos leves, seis sprints hacia ningún sitio y dos amagos de echarme a llorar, vi un edificio conocido entre los árboles. Se me saltaron las lágrimas de felicidad, “¡es mi edificio!”. Al final no era, claro, porque ni reconocer mi casa sé, pero al menos había seres humanos a los que preguntar. No se me olvidará nunca las caras de las dos vecinas al verme salir de entre las sombras de esa especie de bosque, sollozando en mallas.

Llegué al piso y me dijo mi compi:

- Barbi, estoy impresionada, ¡has estado corriendo dos horas y media!
- Psé, pues me he vuelto porque hacía fresco...


(En otro post os cuento el día que casi muero de hambre subida a un árbol porque me daba miedo bajar, que también se me hizo de noche. O la vez que casi muero de un shock anafiláctico, porque me daba vergüenza decirle a la profesora que había acariciado un gato siendo alérgica).

6/3/12

Abuelas Tróspidas

Por meterme con mi madre pronunciando Sigourney Weaver, acabé metiéndome con mi abuela por españolizar los nombres de las estrellas de "Bóliju" de su "época mosa". El resultado fue que recibí replies que casi me matan a la una de la mañana. Ya llegó un momento en que me hacía gracia todo lo que recibía, hasta los insultos por tuits anteriores sobre política. Todo me parecía ingeniosísimo. He hecho una recopilación, pero fueron tantos replies que hoy tuiter no me dejaba acceder a los más antiguos. Ea: