23/2/12

Teoría de los paralelos barbianos

Te voy a contar un secreto.

Ojo, es tonto, pero es un secreto. Y como tal, tienes que guardarlo con tu vida.

Hasta a los más insignificantes y anodinos hay que darles el tratamiento de secretos de estado si su dueño es importante para ti. Todo el mundo sabe que para medir lo que estimas a una persona, tienes que pensar simplemente cuántas torturas estarías dispuesto a soportar antes de revelar uno de sus secretos. Bueno, esto no lo sabe todo el mundo porque me lo acabo de inventar yo, pero piénsalo y me darás la razón.



Siempre he sostenido (sólo en mi cabeza, nunca en voz alta por temor a corroborar mi fama de loca) que existen varios universos que trascurren a la par que éste, donde no todas las vidas que vives son iguales ni todos los escenarios idénticos. Aquí, en éste en el que estamos tú y yo, en éste en el que te estoy escribiendo un mail en pijama y con una coleta de enredos, estamos viviendo una sola de las vidas posibles. Quizás no es mala, porque no pasamos hambre, ni frío y tenemos un techo y hasta un coche con el que ir al trabajo. Pero tampoco es inmejorable; no pasamos las vacaciones en un yate anclado en Aruba ni tenemos el remedio definitivo para sanar a los que más queremos si enferman. Pero en cada uno del resto de los mundos, nuestros otros yo corren diferentes tipos de suerte. En unos, amaremos profundamente nuestro trabajo y eso nos hará felices de por vida... en otros, mendigaremos en las calles nuestra cena cada día y eso hará que nunca experimentemos el sentimiento de plenitud. Sería lo más justo que cada uno de nosotros tuviera un yo en cada escenario de todos los posibles. Me niego a pensar que mientras unos, por simple suerte al nacer, tienen una madre que les da una colleja cuando la necesitan, mientras otros viven toda su vida sin saber qué se siente al tener una madre, mucho menos una madre que sabe cuándo dar collejas. Así sin más, sin experimentar el otro extremo.

En cada uno de los demás universos somos nosotros mismos y aunque en cada uno hayamos evolucionado de una forma diferente, somos, en esencia, la misma persona. Así que, si mueres en uno: GAME OVER; mueres en los demás. Me gusta perfeccionar esta teoría fantaseando con que los infartos, muertes súbitas y demás despedidas inesperadas pasan, en realidad, porque tu otro yo ha muerto en ese instante en otro universo por causas mucho más lógicas que el hecho absurdo de que una parte de cuerpo ha fallado, así sin más. Hay quien lo explica todo con la religión y yo con fantasías interestelares.

Te cuento todo esto, porque si esta teoría fuera cierta, otro tú podría estar justo ahora sentado al lado de otro yo en un cine de VOS viendo, por ejemplo, un documental sobre los señores de la guerra en el sur de África. Por ejemplo también, mi otro yo podría haberte mirado de reojo cuando las escenas me hicieran llorar, como siempre hago por vergüenza con mi coincidente de butaca en los cines, y darme cuenta de que tú también me miras de reojo, porque también tú necesitas asegurarte de que nadie te está viendo llorar.

Quizás hicieran falta dos vidas más para que yo me decidiera a preguntarte qué te ha parecido el documental, cuando al final empezaran los créditos. Y a lo mejor otras dos para pedirte que me invitaras a un capuccino en la cafetería más cercana. Complicado, pero podría pasar; de hecho, podría estar pasando mientras lees este mail y me visualizas en pijama y sin peinar. Y a lo mejor, en ese paralelo no hay personas, ni por tu parte ni por la mía, que pudieran molestarse porque tú y yo tomáramos un capuccino en la cafetería más cercana y habláramos de los señores de la guerra en el sur de África. Y yo podría mirarte hablar, haciendo como que tus ojos me parecen de lo más normal y que tu timidez no me mata. Y tú podrías decirme que si me apetece acompañarte mañana a comer helado de stracciatella a una heladería nueva del centro. Y yo querer. Y tú sonreír porque sí que voy a ir. Y si está pasando, mi otro yo me da mucha rabia,  independientemente de si vive en un yate en Aruba o tiene que mendigar calor por las calles, porque la cabrona se está tomando un capuccino contigo y mañana va a verte otra vez.

Y ése es el secreto que te quería contar. ¿Cuántas torturas estarías dispuesto a soportar antes de revelarlo?