22/1/12

La sal

      -No sé por qué te enfadas, amor - le decía él mientras ordenaba unos papeles sobre la mesa del despacho - ya tengo una edad y este negocio ya iba de mal en peor. La mejor decisión era la que ya he tomado y de la que, no te voy a mentir, no me arrepiento. No pienso dar marcha atrás, el trato con Pelayo está hecho. – Terminó el papeleo, inquieto, y miró a su mujer.


La joven ni se movió, sentada junto al ventanal, con los ojos fijos en el exterior. Su piel era pálida y su expresión inescrutable. Las manos, frágiles, descansaban sobre los reposabrazos de la butaca de siempre. El pelo negro estaba sujeto con alfileres de plata, de manera sencilla y elegante.


     -Además - siguió hablando el anciano desde la mesa del despacho, sin llegar a sentarse,- así tendremos más tiempo para nosotros, querida. – Gesticulaba con las palmas de las manos hacia arriba, ansiando ser entendido. Necesitaba que ella lo aprobara.- He pasado más de la mitad de mi vida metido en sal, oliendo sal, con sabor a sal... tengo la piel tan seca y arrugada que parece que soy tu abuelo, en vez de tu marido... comprende que ahora, a mis sesenta y dos años, quiera vender el dichoso negocio para tener tiempo para mí... y para ti. Para nosotros.


Ella no pronunció ni una palabra. Continuó impertérrita con la mirada perdida, fija en algún punto indefinido del jardín repleto de árboles, el cual rodeaba la casa como una fortaleza, impidiendo la mirada de extraños desde el exterior.


El anciano se acercó a la butaca donde estaba su mujer. Se colocó detrás, encendió su pipa con cortas pero hondas caladas y le puso a la joven una mano en el hombro.


     -Sé que lo entenderás cuando lo pienses mejor. - se giró hacia la pared de caoba del despacho, frente al ventanal, donde colgaban cabezas de reses a modo de trofeos. Una de un joven jabalí y otra de un fiero león del Serengueti, a los que ninguno mató él. Su preferida era la de un toro veleto, un semental al que dieron muerte en la Plaza de Las Ventas de Madrid, hacía al menos veinte años. - y bien sabe Dios que lo echaré de menos, pero ya es hora de que me dedique a ello como hobby, no como una obligación. Después de tantos años casados, querida, es hora de que nos dediquemos a disfrutar la vida, o lo que nos queda de ella, juntos.


El taxidermista se inclinó sobre su joven y bella esposa y la besó en los labios. Ella no le devolvió el beso, hacía treinta años que no lo hacía.


    -Así mejor, amor, no soporto que estés enfadada conmigo.- La miró con el ceño fruncido y de repente rió a carcajadas - ¡qué cosas tienes! ¡Claro que te quiero, mujer! No podría quererte más.