Para ser honesta, nunca me había interesado demasiado por la economía. Sin embargo, a veces hay que sentarse a hacer cosas que no te gustan, sobre todo teniendo en cuenta en qué circunstancias nos encontramos. En estos momentos, seguir manteniéndome ajena a las cuestiones económicas me parecía hasta irresponsable. Es un tema árido y, ahora que ya lo tanteo, sigue sin gustarme demasiado, lo confieso, pero encontrar economistas como Alberto Garzón, que explica las cosas tan bien como en este vídeo, te hace sentir menos torpe a la hora de intentar enterarte qué está pasando. Es la primera vez que empiezo a comprender en profundidad términos que he escuchado siempre, como "deflación". O temas que escucho hace poco, como "eurobonos".
El otro día le escribí un correo, haciéndole preguntas sin piedad sobre dudas que siempre tuve. Su contestación fue tan detallada y didáctica que me dieron ganas de imprimirla y repartirla por la calle. Entonces caí en la cuenta... podría pedirle que escribiera un post para el blog. Y lo hice. Y él lo escribió.
Hay alternativas
económicas
“There Is No Alternative” fue la proclama con
la que la primera ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher, convenció a la opinión
pública de que sus drásticas medidas de política económica eran inevitables. Corrían
los años ochenta y Thatcher comenzó el desmantelamiento del llamado Estado del
Bienestar, para lo cual se centró en dos tácticas: privatizó el 60% de las
empresas públicas y atacó a los sindicatos con la intención de quebrar su poder
de negociación. En 1989 caía el muro de Berlin, en 1991 se disolvía la Unión
Soviética y en 1992 Fukuyama escribía su famoso libro titulado “El fin de la
historia”. El capitalismo había triunfado y ahora gobernaba su visión más
radical, en la que el Estado estaba destinado a perder la mayor parte de su
espacio. Las ideologías desaparecían (ya no era lógico hablar de izquierda y
derecha) y la lucha de clases dejaba de tener sentido (tampoco tocaría nunca
hablar de arriba y abajo).
Sin embargo, en 2007 una gran crisis amenazó
con hacer colapsar el sistema al completo, al emerger en el corazón mismo del
capitalismo, a la vez que dejó desconcertados a los economistas de las
instituciones internacionales. Dudando qué hacer, los gobiernos de toda Europa
reaccionaron de forma tímida e improvisada. Hasta que por fin decidieron llevar
una estrategia: más de lo mismo, de aquello que habían estado aplicando los
treinta años anteriores. Y con esas llegamos a la actualidad, en la que toda Europa
ha visto cómo se imponía una ola de medidas que quedaban justificadas por la
misma consigna que antaño fraguó Thatcher: “No Hay Alternativa”. Recortes en la
sanidad y educación pública, privatizaciones, moderación salarial, ataques a
sindicatos, etc. Todas ellas medidas drásticas pero todas ellas también
necesarias.
¿O no? Dos observaciones preliminares.
Lo primero que llama la atención es que tras una crisis que se gesta como consecuencia de la aplicación de unas determinadas recetas, lo que se está recomendando es exactamente la misma medicina. Ningún médico aceptaría esto, pero en cambio sí lo hacen los economistas convencionales.
Lo segundo que observamos es que estas
medidas ya se han aplicado antes en otros sitios. Concretamente en los años
treinta en Estados Unidos, en los años ochenta en América Latina, y más
recientemente en nuestra vecina Grecia. Ninguna de esas experiencias tuvo
resultados exitosos, más al contrario. Sólo se superó la crisis cuando se
tomaron las decisiones opuestas: en caso de EEUU se aprobó el llamado New Deal,
y en el caso de los países de América Latina se mandó al Fondo Monetario
Internacional, y sus recomendaciones, a su casa.
Pero entonces, ¿por qué aplicar medidas que
se sabe que no funcionan?
Quizás la respuesta la encontramos cuando
formulamos la pregunta de una forma más compleja. Por ejemplo, ¿qué efectos
tienen sobre los diferentes sectores de la ciudadanía estos recortes? Puede
decirse, de hecho, que estas medidas sí están funcionando, para algunos, pero a
la vez no están funcionando, para otros.
Si usted es una de esas personas que, si
tiene suerte de tener un trabajo, cobra en torno a los mil euros, tiene que
vivir con otras personas para llegar a fin de mes y además aspira a que sus
hijos tengan una educación primaria, secundaria y universitaria de calidad,
entonces estos ajustes lo van a hacer polvo. La reforma laboral le garantizará
tener un contrato basura casi eternamente; la reforma de las pensiones le
obligará a jubilarse casi a la misma edad a la que está prevista su propia
muerte; los recortes en educación proveerán una educación de pésima calidad a
sus hijos, amén de que le obligará a endeudarse para pagar los estudios
universitarios; y los recortes en sanidad, copago mediante, le harán rezar cada
día por no enfermar de gravedad por el bien de sus finanzas personales.
Si por el contrario usted es una de esas
personas que cobra por encima de los cinco mil euros y que tiene acceso a otras
fuentes de ingresos (como acciones y otros productos financieros), está de
enhorabuena. No podemos decir que la situación previa fuese mala, porque a buen
seguro que sus ahorros e ingresos no pagaban impuestos al estar registrados en
paraísos fiscales, pero lo que viene será mucho mejor. El Estado lleva varios
años salvando la crisis por usted, ya que sus inversiones financieras han sido
rescatadas con dinero público y además no parece probable que le vayan a subir
los impuestos de los ingresos que sí declare. Si además es usted empresario, o
tiene acciones en grandes empresas, podrá aprovechar mucho mejor la “flexibilidad”
de sus trabajadores y acrecentar así sus beneficios y dividendos. Pero aún
estará más de suerte si resulta que piensa dedicar sus ahorros a invertir en el
sector de la sanidad privada, la educación privada o algún sector privatizado.
Son sectores con futuro, porque todos esos ciudadanos que no quieran perder
calidad tendrán que pasar por caja, su caja.
No nos equivoquemos. Siguen existiendo las
clases sociales y así será por mucho más tiempo. El Estado sólo es el terreno
de lucha en el que se cristalizan los diferentes resultados de las batallas, y
de momento la mayoría de la ciudadanía, trabajadora y mileurista con suerte, va
perdiendo esta guerra. Y cuando se pierde resulta que otros ganan, y esos
mismos que ganan imponen sus leyes, su lenguaje y hasta su agenda política (de
lo que hay que hablar y de lo que no) para su propio beneficio.
Hay alternativas, por supuesto que sí. Miles
de economistas críticos así lo creemos, pero la misma historia económica nos
revela también el camino. No van a anunciar estas alternativas en los grandes
medios de comunicación, que son empresas y por lo tanto forman parte de la
batalla, pero están en los libros de economía y en los rigurosos artículos que
pululan por internet.
España tiene problemas inmensos en su
economía, pero no son debido a un excesivo Estado intervencionista sino
precisamente debido a que ningún Estado puede perdurar en el tiempo dejando de
financiarse de los ricos vía impuestos. En este país durante los últimos veinte
años los partidos que han gobernado han competido en rebajas fiscales,
reduciendo los ingresos presentes y futuros del país. Además, se han tolerado
los paraísos fiscales y hemos entrado en una Unión Europea que en vez de
construirse como una unión de pueblos hermanos se ha constituido como una unión
de pueblos competidores y, eso sí, de bancos hermanos. Ahora hay que recomponer
todo esto, y tenemos muchas fórmulas a nuestra disposición. Por ejemplo, estos
cinco puntos centrales.
1. Fortalecer una Europa Social con una Hacienda Pública única y un
sistema fiscal altamente progresivo. Es decir, hay que incrementar los
impuestos a los ricos y evitar que evadan impuestos vía paraísos fiscales u
otras fórmulas fiscales. Como en todo sistema social los ricos deben financiar
la mayor parte de los servicios que son públicos: sanidad, educación, etc.
porque eso permite una mayor cohesión social y un mejor funcionamiento
económico.
2.
Hay que hacer eficiente ese gasto público. Hay que mejorar la calidad
de la educación y sanidad pública, amén de hacer planes de estímulo para salir
de la crisis. Cuando el Estado gasta dinero de forma eficaz, ese mismo dinero sirve
para crecer económicamente y por lo tanto para que las pequeñas y medianas
empresas vendan y puedan contratar trabajadores.
3.
Hay que controlar la especulación financiera. Los agentes financieros
(fondos de inversión, bancos, etc.) permiten hoy a los ricos hacer inmensas
ganancias con inmensos costes para la economía, y precisamente porque se
toleran todo tipo de especulación financiera. Las autoridades han permitido que
los bancos puedan hacer todo tipo de operaciones para hacer dinero a través del
propio dinero, poniendo en riesgo la economía global y llevando a una crisis
enorme. Prohibir y regular es la solución, hasta meter en vereda a las
finanzas.
4.
Creación de banca pública. La banca no puede servir a los intereses de
unos pocos especuladores, sino que debe servir para financiar una actividad
productiva sana y ética, permitiendo que se genere empleo. Los beneficios de la
banca deben destinarse a educación y sanidad, no a acrecentar los bolsillos de
grandes empresas y grandes fortunas.
5.
Hay que auditar la deuda, impidiendo que se sigan pagando intereses a
los fondos de inversión y bancos que hacen negocio con los recortes sobre la
ciudadanía. Gran parte de esa deuda es ilegítima porque se corresponde con
procesos especulativos contra España, contra los que ninguna autoridad ha
reaccionado. Se ha permitido una dramática transferencia de rentas desde lo
público hacia lo privado.
Hay programas completos con alternativas
económicas viables que permitirían salir de la crisis con más empleo y
bienestar social. Pero esas fórmulas suponen irremediablemente reducir los
privilegios y oportunidades de negocio de una minoría que es, claro está, la
minoría que ostenta el poder y los medios con los que perpetuarse en ese poder.
Hablamos, por si cabe alguna duda, de las grandes fortunas y de las grandes
empresas en las que recalan la mayoría de políticos que han tomado decisiones
políticas a favor de los llamados “mercados” a lo largo de sus trayectorias
profesionales.
Los ciudadanos tenemos que concienciarnos
claramente de esto y reconocer que nos engañaron, como conjunto, cuando
aceptamos que no había arriba ni abajo ni izquierdas ni derechas, y que todos
éramos iguales. Pero sobre todo debemos darnos cuenta de que sí hay
alternativas a los actuales procesos de regresión social, y que resignarse a
aceptarlos no es una opción. Está en juego nuestro futuro y el de nuestros
descendientes.
Alberto Garzón.
@agarzon
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