28/2/11

Andalucía


Para celebrar el Día de Andalucía, en vez de poner un vídeo del himno de Blas Infante, como hago cada año, me hubiera gustado protestar.






Querría haber desmentido un montón de creencias inciertas sobre nuestro pueblo, gente y costumbres. Decir que no tiene sentido que se nos tache a la vez de vagos y de ser la cara del servilismo más patético.


Protestar por la vergüenza que me provoca que, el Canal Sur, sea la primera televisión y quiera ser nuestro reflejo fuera de nuestras tierras.


Podría prometeros que no todo es carnavales, flamenco, toros y siesta. Que de hecho yo, por suerte o por desgracia, de ésas cuatro cosas, sólo soy fan de la última y sólo los domingos.


Querría haber defendido que mi tierra no es inculta, ni nuestro acento una vergüenza. Que el menosprecio y la burla de fuera, a pesar de recibirlos con humor, nos ha dolido y hecho agachar la cabeza durante siglos.

Podría escribir muchas cosas hoy, pero es que mira, primero me tendría que poné seria y yo como andalusa no puedo, no me se permite. Y segundo, me he levantao resacosa de los rebujitos anoche con los de la peña, y he dicho ¡qué coño! si en Youtube hay un viaje de vídeos pa corgá en er brog y me queo yo más ancha que larga! Y ese tiempo que me ahorro y puedo tirarme a vé la tele, que hoy salen los niños der Juan y Medio que son mu grasioso. Que estoy deseando tené uno pa mandarlo al pograma y que diga imprudensia a jierro. Del tirón que sí.


Asín que ná, ahí os lo dejo, disfrutá porque este vídeo es más grande que la corná de Paquirri, canelita en rama señore. Aunque yo no lo he entendío mu bien porque disen palabra mu fina, además se echa de menos arguna cansión der Barrio por detrás (como la de "Yo no me er coco"), pero mira, no importa, ya escucharé a la Niña Pastori en er coche.





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18/2/11

¿Quién me preguntaba que por qué escribía más en Twitter que en el blog?




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6/2/11

Mai. Bai.

Ella se llamaba Mai. Y Mai significa “nunca” en catalán. 
Ella lo sabía desde siempre, y desde siempre llevó su nombre como una losa. “Nunca” era la palabra que más odiaba, porque continuamente la perseguía como una sombra de lo imposible, del no poder cumplir sus propósitos, sus sueños, sus metas. Su nombre no la dejaba avanzar, no la dejaba pisar segura, no la dejaba conquistar.



Él se llamaba Bai. Y Bai significa “sí” en euskera. 
Él siempre levitó sobre una nube de optimismo, se dejó llevar por la suerte, confiando en tenerla siempre de su parte y anclándola en su mente aun cuando no la tenía en absoluto. Siempre veía el vaso medio lleno, aunque estuviera en mitad del Atacama y no hubiera ni vaso, ni oasis, ni agua.



Cuando Bai miró a los ojos de Mai por primera vez, notó un relámpago que le subió por la planta de los pies, que le erizó el vello de la espalda, de la nuca, que le hizo ver con nitidez pasmosa que ella era su némesis, sus antípodas, su polo opuesto. Lo supo, lo sintió en el aire que los rodeaba, y sonrió al mismísimo azar que los puso a ambos en aquel vagón de metro, separados por apenas tres pasos. Ella era el reto perfecto, era lo que buscaba desde que lo bendijeron con su nombre. Y él, para ella, el amuleto que perdió cuando la llamaron Nunca.


Ella notó cómo los ojos de él la reclamaban. Ese chico alto que se sujetaba a la barra del techo del vagón y la miraba como si la reconociera, como si estuviera a punto de abrir la boca para saludarla con la espontaneidad del día a día, de una rutina antigua. Pero el momento se eternizó y él no llegó a pronunciar el saludo que ella creyó adivinar. El tiempo se quedó suspendido en el aire del vagón vacío, sus miradas unidas a medio camino; ella era un signo de interrogación cerrado, él era un signo de exclamación abierto.



Ella miró su pelo color teja, sus ojos verdes casi negros, su boca, y al verlo sonreír, su atención se quedó prendada de los dientes genialmente separados de él. Tanta belleza en un rostro... Mai pensó; “Nunca...



Pero cuando él cubrió lentamente los dos metros que lo separaban de ella, cuando ocupó el asiento a su lado y se recreó en sus ojos moros, hechiceros, en su boca llena, sus labios levemente brisados... Bai le dijo sin hablar; “”.



Se miraron en silencio. Mai contuvo la respiración, tensa. Bai suspiró suavemente sin darse ni cuenta, por tenerla tan cerca, y su aliento la hizo revivir. Ella no supo por qué, pero sonrió al extraño que la miraba, no había forma de no hacerlo. Él no le preguntó su nombre, sólo si le apetecía pasar la tarde en aquel vagón, ida y vuelta e ida de nuevo. De Alameda de Osuna a Casa de Campo y vuelta a empezar. Ella no recordaba siquiera qué otra cosa era la que la llevó al metro aquel día... ¿Qué más daba? Podría haber mil cosas ineludibles que hacer aquella tarde... podría, sí... pero ninguna le importaba más en ese instante que anudarse en el cuello a aquel chico, su tótem. Nada necesitaba más que quedarse sentada junto al que alejó con un suspiro las negras tormentas alojadas sobre su cabeza.


Mai nunca supo que él no las alejó, sino que las hizo suyas, que las quiso dentro... porque eran ella.