Pues bien, se acercan las Navidades y en mi casa de Barbicity ya nadan entre los espumillones fosforitos que Barbisister ha colocado como tooodos los años. Así que empiezan las llamadas de presión (en realidad empezaron en Octubre).
- Barbi - me llama mi madre - compra ya el billete para el fin de semana del 24 al 26, que te vas a quedar sin él.
- Mamá, voy en tirantes a la calle todavía, tranquilízate. Además, creo que para un finde sólo mejor no voy, es una paliza.
- ¿Que te vas a quedar sola en Navidades ahí sin Heike y sin tus amigas? ¿Tú eres un poquito tonta, no? Anda, tú cómpralo que yo te lo pago.
-
A mí me parecía un dolor coger dos trenes en tres días para Navidades cuando tengo vacaciones a partir del 30 de Diciembre y voy a irme para allá diez días, pero cuando el espumillón se les mete por las vías respiratorias, no hay discusión. Y dije que vale. Pero como soy de memoria selectiva, se me iba olvidando lo de comprar el billete. Así que mi madre me hacía llamadas de tanteo.
- Hola, ¿Cómo estás?
- Ah, hola, mamá, muy b...
- ¿Has comprado los billetes?
- ...ien. ¿Y tú?
Le prometía que al día siguiente lo haría, pero no sé qué pasa en mi vida que los días se suceden a una velocidad pasmosa, y mira que yo ni me drogo ni nada (aunque a veces parezca mentira).
Total que el otro día me llama mi hermana.
- Tu madre pregunta que si has comprao los billetes...
- ¡Qué pesada!
- Dímelo a mí, que vivo aquí.
- Dile que sí.
- ¡¡¡¡Mamá!!!! ¡¡¡que dice que sí!!! - así hablamos en casa, de lejos - Barbi, dice mamá que de mañana no pase.
- ¿Cómo sabe que miento si ni me ha oído?
- No sé, yo te había creído. Claro que también te creía cuando de pequeña hacías como que hablabas con Bryan Adams cuando sonaba el teléfono y le decías a tu amiga; "Bryan, ahora no puedo hablar porque mi hermana pequeña está aquí y nos puede oír".
Así que hoy me he acordado que de Madrid a Barbicity sólo hay un tren. Sí, señores, UN TREN al día. Y que falta menos de un mes para la fecha fatídica. Para colmo yo el 24 trabajo, y voy a ir sólo para beber, que por lo visto en mi empresa ese día la gente va porque además de pagarte te dan todo el alcohol que necesites para caer inconsciente. Así que ya he estimado que;
a) Voy a subir completamente ebria al único tren que puede llevarme a casa en Navidad; a ver si el supervisor no me echa a mitad de camino.
b) Unas horas más tarde, mi sufrido padre recogerá lo que quede de mí en la estación de Barbicity y me llevará a casa, donde;
a) Potaré sobre alguna prima.
b) Me quedaré dormida sobre el plato de carne mechada que mi madre me obliga a comer cada Navidad.
Será todo maravilloso y mi madre gritará en algún momento antes de que acabe la noche que para qué coño me dijo que viniera, si yo en realidad le he caído mal de toda la vida. Y yo le diré, si mi nivel de alcohol en sangre me lo permite, que porque tiene edad ya de tener Alzheimer y se le olvida que nos llevamos a matar, y que de hecho el Alzheimer o lo tiene o se lo ha comido, y le miraré el culo y negaré con la cabeza.
Mi padre pondrá los ojos en blanco y se beberá de un sorbo el wishkey, que según él, no hubiera podido sobrevivir tantas Navidades sin él. Mi hermana aprovechará el momento-discusión para decirle a mi prima mediana lo guapa que estoy, y luego la mirará de arriba a abajo, como diciendo "no como tú", porque no se llevan muy bien. Y mi tía, la hermana de mi madre, me defenderá como siempre, y dirá que tengo arte hasta borracha y vomitada.
Mi perro mirará la escena desde su megacojín, sin alterarse, con cara de sueño, y no se levantará a pedir comida a la mesa, porque sabe que cuando se arma la marimorena en Navidades, nadie le hace caso a él.
Cuando mi madre y yo ya nos hayamos echado en cara cosas de dos décadas atrás y mi padre saque la guitarra para tocar algo de los Beatles, mi hermana y yo sabremos que es el momento de pintarnos el rabillo del ojo y emborracharnos de nuevo para salir por ahí con un modelito sexy pero cómodo, porque somos mucho de caernos borrachas, y cuando ya has enseñado las bragas cien veces por patinar sobre charcos de alcohol en las discotecas, desarrollas un ojo clínico ideal para ir de tiendas y elegir prendas facturadas más por su comodidad con el issue del acoholismo que por su vacía belleza.
Yo abandonaré el coche en cualquier sitio y olvidaré dónde está, para no cogerlo cuando acabe la noche, y obligarme así a volver a casa en taxi o bien en el coche de otra persona (curioso momento pseudorresponsable éste, en el que en realidad estoy tan borracha que no soy capaz de distinguir si mi piloto va o no más ebrio que yo).
Lo que sí hago es dormir siempre en mi casa cuando estoy borracha. Ya véis que gilipollez, si follar con alguien y luego dormir a su lado mola un montón ¿no? Pues a mí borracha me parece de muy mal gusto y me niego a dormir en ningún sitio que no sea mi cama. Si quieres vamos a lo oscuro en tu coche (en el mío no, no sé dónde está), pero yo a tu casa no voy que no te conozco de nada. Además, dormir juntos es cosa que hacen los novios (esto lo pienso sobria también). Follar no, follar folla todo dios.
En Madrid todavía podría llevarlo a mi casa, si yo ligara y follara, quiero decir claro, pero en Barbicity un 24 de Diciembre ¿dónde llevo a mi pareja sexual nocturna? A lo oscuro y en coche, no hay otra. ¿Triste? Mucho, pero más triste es querer follar y no poder.
Así que después de la juerga con mis amigas, mi hermana, mi ron legendario y mi pareja sexual aleatoria, volveré con el alba al domicilio paterno, donde mi padre ya estará en planta con el zumo de naranja recién exprimido y me preguntará:
- ¿Qué? ¿Has mojao?
- Sí. - le diré yo
- Ésa es mi niña.
Al rato llegará mi hermana borracha con el rimmel corrío y un tacón menos, se tirará un eructo que retumbarán los cuadros y mi padre sonreirá satisfecho, porque somos los hijos que nunca tuvo. Mi madre se levantará al poco rato, de mala leche y con el ceño fruncido.
- ¿Cómo habéis vuelto a casa, borrachas de mierda?
- Pues eso, borrachas, mamá, borrachas.
- ¡Qué vergüenza!
Y nada, al día siguiente cogeré el ÚNICO TREN de vuelta que hay hasta Madrid, y reza para que no sea el mismo supervisor, porque iré con unas pintas de resacosa que le hará pensar que soy demasiado joven para tener tantos problemas y tanto tormento.
Todo esto pensé mientras hablaba por teléfono con el chico de venta de billetes de RENFE, que era encantador por cierto, cuando me dijo:
- ¿El billete es sólo de ida?
- Nonono, con vuelta, con vuelta. Casi que voy a comprar primero la vuelta y si eso ya te llamo otro día para comprar la ida.