Muchas veces me había planteado escribir este post, pero siempre desechaba la idea por un motivo o por otro. Hoy me apetece compartirlo y exactamente no sé por qué, quizás sea porque estando en el avión, una mujer me ha pedido que sostuviera a su bebé en brazos mientras ella estaba en el baño. Y sostener en brazos semejante muñeco con cabecita pelona, me ha hecho revivir aquello.
Hace años, trabajé como voluntaria de la Cruz Roja en el aula de recreo de pediatría en un hospital de Barbicity. Sólo eran dos horas cada viernes, no me suponían nada porque a pesar de estar trabajando y estudiando, el trabajo era de coña y estudiar, estudiaba más bien poco.
Cada viernes había niños nuevos; los de la semana anterior se habían recuperado y se habían ido a casa, siempre solía ser así. Cogían fiebres, apendicitis, etc... y al ponerse buenos, zumbando a casa. A veces había niños que se ponían muy malitos y estaban más tiempo, a esos no les dejaban salir casi de la habitación y yo apenas tenía trato con ellos.
Así conocí a María. Una gitanita de 6 años, con una palabrota siempre en la punta de la lengua, morena y delgadita que me traía loca. No sé cómo fue, pero al cabo de tres o cuatro semanas seguidas, empecé a preguntarme por qué no se iba a casa nunca. Lo cierto es que cada viernes al llegar, yo iba directa a su habitación a ver si seguía allí y, al verla, en vez de preocuparme, se me alegraba el día... daba por hecho que tarde o temprano se iría, y que cada día que estuviera con ella podía ser el último.
Jamás preguntaba a los niños qué era lo que les pasaba, se suponía que yo estaba allí para hacerles olvidar durante un rato que estaban en un hospital, hacer que se evadieran. Hacíamos teatros, juegos, cantábamos... María era súper competitiva, quería ganar en todo y ser siempre la protagonista de los teatros. La vitalidad le salía por los poros, por esto tardé en darme cuenta de lo que le pasaba realmente. En su habitación nunca había nadie más que su madre, una gitana risueña que, paradójicamente, siempre vestía de negro. Una tarde me llamó mientras María hacía pendientes de plastilina y se los ponía a los demás niños. Yo salí a hablar con ella.
- Barbi, los últimos análisis son muy malos.
Me di cuenta de que ella pensaba que yo sabía todo acerca de lo que fuera que tenía allí a María.
- ¿Qué análisis?
- La quimio no va bien.
En ese instante, quise desconectar y no seguir escuchando. Se me hizo un nudo en la garganta, de ésos que no se pueden tragar y que si sigues hablando se te parte la voz. Así que no dije nada.
- Me dicen los médicos que aumentemos, yo no entiendo qué significa. ¿Qué hacemos?
La madre de María era analfabeta, ni siquiera sabía conjugar bien los verbos. Su marido estaba en la cárcel y su familia no iba mucho por allí... y de haber ido, tampoco los veía yo muy duchos en temas médicos. Por supuesto yo tampoco tenía ni idea, pero ella vio en mí un apoyo monumental, porque yo sí entendería lo que los médicos pretendían.
Sentí que me estaba metiendo en aguas pantanosas pero llegados a ese punto no podía negarme a nada. No quería, además.
Al cabo de dos meses, los médicos ya consultaban conmigo antes que con su madre cada paso y comentaban cada resultado. Luego yo se lo explicaba a la madre. Increíblemente, hay médicos que no tienen ni puta idea de cómo hacerse entender a cierto tipo de personas.
Yo ya no iba cada viernes, acabé yendo casi cada día. Y no para estar con los demás niños, yo iba sólo por María.
Había veces que pasaba dos días sin ir porque tenía exámenes, y el móvil me sonaba. Era María cabreada.
- ¿Y tú dónde estás? Que la mama sa ido al mercadillo y yo estoy solita. Ven conmigo.
Y yo me deshacía, y por supuesto iba. Sentía cómo dependía totalmente de mí, no tenía a nadie más que a su madre y a mí, y su madre muchas veces tenía mil cosas que hacer... como ir a trabajar al mercadillo o encargarse de sus otros cinco hijos. Recuerdo que durante esa época me costaba quejarme por cosas banales, nada me parecía lo suficientemente grave para alzar la voz o enfadarme.
Cuando llegaba, María se abalanzaba sobre mí, se me colgaba del cuello como un mono y me pedía que la llevara por todo el hospital, para cotillear. Además me hacía una lista detallada de todos los niños a los que tenía que reñir, y los motivos por los que debía hacerlo.
Una tarde, al levantarla de la cama, me horrorizó ver cómo la almohada había quedado completamente llena de su pelo negro. Se le caía a mechones. La cogí en brazos y me temblaron las piernas, salí de allí con ella, aguantándome las ganas de llorar. Porque eso sí, María no me vio llorar. Ya bastante tenía ella.
Y no creáis que no, que María llevó con mucha dignidad su pérdida de pelo, eso sí, qué trabajo me costó. Una tarde, ella no quiso salir de la habitación porque estaba completamente calva y temía que los demás niños la miraran. Se me ocurrió coger todas las muñecas (que por cierto, me gastaba mi minisueldo en muñecas), y una tijeras.
- Hoy vamos a jugar aquí, a las peluqueras. ¿Sabes qué se lleva mucho ahora?
Y ella me miraba expectante, como si lo que yo dijera fuera todo cierto e irrefutable.
- Ahora se lleva mucho el pelo cortísimo. - que dije yo muy segura.
Y empecé a cortarles las coletas a las muñecas. ¡Anda que no se lo pasó bien trasquilando a las Barbies! Fue una terapia en toda regla porque a partir de entonces, ella creyó fervientemente que el pelo corto era lo más de moda del mundo. Por eso siempre intentaba cortármelo a mí también, y por eso yo sudaba mucho cuando la veía con unas tijeras en la mano. Por lista.
Pero María perdía peso a una velocidad de vértigo y cada vez le costaba más andar y correr, estaba muy débil. Empezó a perder el ánimo y la sonrisa poco a poco, y yo con ella. Los médicos nos preparaban para lo peor, pero en mi mente no había espacio para nada más que para verla recuperarse. Me negaba a creer que una niña tan especial y tan inteligente, pudiera no crecer como cualquier niño y hacer vida de adulta. Estaba segura de que todo se arreglaría, porque siempre tengo la estúpida sensación de que todo saldrá bien.
La enseñé a escribir los nombres de todos los niños y enfermeras, a no ser siempre la protagonista en los teatros, a no decir palabrotas y a que no le dijera a los médicos "¿tú has estado fumando porros?" (frases cotidianas en su familia). Aunque esas cosas me hacían siempre reír.
Ella me reñía por no llevar "oros", por no estar casada ya con 22 años, por no ir cada día a verla y por no reñirle a tooodos los demás niños cuando ella me lo pedía.
No me gustaría hacer un post triste, sólo haceros saber que una vez existió una niña divertida, que quería ser médico para curarse "lo malo", que supo resignarse a tantos meses de clausura en aquel hospital y que ojalá el mundo la hubiera conocido, porque era la caña.
Hace años de esto pero cada día desde entonces, la recuerdo. Me costó mucho hablar de ella sin llorar, incluso pasé un año sin nombrarla en voz alta. Pero sin darme cuenta un día volví a hablar de ella con una amiga y no lloré. Al revés, nos reímos de sus ocurrencias. Y hasta hoy, que incluso puedo escribir sobre ella.
Te quiero, bicho!